En mi cabeza todo tiene sentido.
A quién le importa de qué trabajes? A quién te garches? De
qué te recibas o no te recibas? A nadie. Es todo una conspiración más grande
que la de Papá Noel. Una mentira que nos hacen creer desde chiquitos para que
hagamos la tarea y comamos los vegetales.
Lo importante en la vida es ser felices. Lo importante es
usar nuestro tiempo para nosotros, y para los que queremos. Lo que tiene que
hacerme llorar a la noche, cuando hace 10 horas que los libros me esperan para
que los lea, y hace 3 semanas que mi cronograma de estudio junta polvo en el
piso probablemente debajo de la cama, es esa laguna entre las montañas que no
pude ver porque no me levanté lo suficientemente temprano. Es esa fiesta con
mis amigos a la que no me quedé porque no quería que mi novio se sintiera
incómodo, o esa amiga con la que nunca más hablé, esas clases de piano que
nunca tomé, ese grupo de coro que abandoné. Pero no lloro por eso. Lloro porque
no llegué a leer “respi”. No porque haya tenido algo mejor que hacer, sino
porque me niego a sentarme y hacerlo. Nada más. Porque mi cabeza está en mi
contra, o yo estoy en contra de mi cabeza… en cualquier caso, no nos podemos
poner de acuerdo. Yo creo que estas cosas podrían ser de lo más interesantes,
pero hoy mi cabeza decidió que escribir esto era mejor y mis manos la obedecen.
Quizás mi vida no está en esto. Quizás lo mío no es el
estudio, o la nutrición, o ser secretaria en un consultorio. Quizás nací para
no ser nadie. Nadie. No digo alguien importante, ni siquiera alguien del
montón, simplemente nadie. Quizás nací para perderme entre la gente, para vivir
quejándome, para la autocompasión. Y que no me vengan con que no está
determinado el para qué vinimos a este mundo, porque yo creo que sí, y en
general hablar con la pared tiene más respuesta que intentar hacerme cambiar de
opinión. Uno puede escapar a su “destino”, claro que sí. Pero todos tenemos algún
talento. Todos tenemos algo que nos sale con más facilidad, o nos apasiona lo
suficiente como para seguir intentándolo aunque seamos unos chotos, y la clave
de la vida es descubrir dónde entro yo. Toda esta odisea molesta de crisis
manejadas como a cada uno le salga mejor es para descubrir qué es lo que se
suponía que teníamos que hacer en primer lugar. No sería más fácil que te
manden con una etiqueta? Virginia: cajera de McDonalds hasta que la mate el
colesterol. Basta de querer creerme la niña genio. Basta de querer apuntar al
cielo y llorar porque no subo ni un escalón sin tropezarme. Basta de culpar a
mi vieja alcohólica, a mi viejo muerto, al destino. Mamá no me mandó a piano,
ni a danza clásica, ni me acompañó al dentista cuando era chiquita. Claramente
todos esos traumas me condicionaron para ser ahora este patético intento de emo
a los 27 años. Pregúntenle a cualquier psicoanalista! Seguro porque no me
obligaron a usar plantillas es que ahora no me gusta mostrar mis pies, y seguro
por mi inseguridad sobre mis pies es que me da miedo hablar en público, y
porque me da miedo hablar en público no estudio
para los exámenes. Cuánta genialidad.
Se ve que me equivoqué de carrera. Mañana mismo me anoto en psico. O
mejor, me vuelvo life coach.
Bueno, cambio de enfoque. En Ética para Amador, el autor le
dice a su hijo algo con lo que estoy de acuerdo completamente, pero que no
consigo aplicar a mi vida: siempre tenemos una opción. Si ahora quisiera,
podría agarrar mis ahorros, armarme un bolsito, e irme adonde me lleve el
viento. Podría agarrar un cuchillo, salir corriendo, y matar a la primera
persona que me cruce. Podría ponerme a gritar como una desquiciada. Podría
agarrar ese libro que me mira con reproche desde los pies de la cama y estudiar
hasta quedarme dormida. Podría unirme al circo. Está en mis manos el poder de
decidir eso, y en parte de eso depende que va a pasar mañana, y el mes que
viene, y el resto del no-prometedor año 2013. Y ningún trauma de mi infancia
está en este momento al lado mío amenazando con matarme si no lo hago. Hay algo
que me detiene, que me retiene, pero soy solamente yo.
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